Sabía que quería seguir creando, evolucionando en el mundo del arte.
También sabía que quería que mi marca tuviera un alma, una historia.
Que no me sirviera solo a mí, sino también a los demás.
Quería que cada persona pudiera afirmar su personalidad, compartir el arte a su manera y contar, a su vez, su propia historia.
La idea de las fundas de teléfono me vino haciéndome estas preguntas:
«¿Cuál es el objeto que más usamos en el día a día?»
«¿El que llevamos a todas partes, pero que sigue siendo frágil?»
«¿El que puede reflejar nuestra personalidad, nuestra fantasía, y permitirnos llevar un poco de arte con nosotros cada día?»
La respuesta era evidente: la funda de teléfono.
Entonces lo vi claro: Coquelicot sería el nombre de mi marca.
Desde siempre siento pasión por las flores, las plantas y la naturaleza.
Mi asombro ante la naturaleza era algo que tenía que plasmar en mi trabajo.
Habiendo crecido parte de mi infancia en el campo francés, recuerdo los paseos con mi madre.
Me decía a menudo:
«Mira esa flor roja, se llama coquelicot (amapola). Solo hay que tocarla con los ojos, porque es frágil, delicada y suave.»
Era la flor preferida de mi madre, y hablaba de ella con el corazón.
Cuando miro una amapola, vuelvo a pensar en esos momentos, en cómo sus pétalos bailan con el viento, en su finura y su color vivo.
A cada persona que se una a esta aventura y comparta un pedacito de ella conmigo, quiero decirle gracias.
Gracias por ayudarme a recrear, día tras día, la magia de los campos de amapolas.
